Hector, por Carlos Tomada
“El más claro y reconocido defensor de los trabajadores: palabras de Carlos Tomada en homenaje a Héctor Recalde”
1/5/20263 min read


Definir a Héctor en pocas palabras es difícil; era una personalidad tan rica que cuesta resumirlo. Pero, si tuviera que hacer ese esfuerzo diría que Héctor Recalde es la sustancia, el legado y el referente paradigmático del laboralismo argentino contemporáneo. Porque Héctor fue, es y seguirá siendo un abogado laboralista por definición.
Sin embargo, Héctor fue más que eso; fue un cuadro político profundamente peronista en el mundo del trabajo. Estoy convencido de que esa combinación, entre su coherencia doctrinaria y su compromiso militante, fue la razón por la que Néstor Kirchner lo propuso como diputado nacional por la Provincia de Buenos Aires. Y una vez en la Cámara, no sorprendió que ocupara, de manera indiscutida y natural, la presidencia de la Comisión de Legislación Laboral. Lo eligieron propios y ajenos, nadie podía discutir autoridad.
Conocí a Héctor allá por los años 70, en el Sindicato de Empleados de Comercio. Fue a través de mi viejo que estaba en la asesoría jurídica, junto con el doctor Ferro (padre) y Valdovinos. Un día lo fui a visitar y apareció Héctor. Debía tener unos treinta años; era lo que se dice un joven abogado, pero ya era conocido y respetado. Después, la vocación laboralista nos fue juntando, una y otra vez.
En los primeros años del restablecimiento de la democracia me ofreció acompañarlo en una cátedra del CBC que se estaba formando. Eso fue en 1985 o 1986, cuando el CBC recién nacía. Así fue como empecé una carrera docente que recién acabo de cerrar, con mucho orgullo, como Profesor Consulto de la Universidad de Buenos Aires. Ese fue otro regalo de Héctor. Porque más allá de su compromiso político, su enorme sentido del humor y su firmeza ideológica, era un hombre generoso.
Tuvimos, claro, algunas diferencias a lo largo del tiempo. Pero eran apenas matices que se disolvían siempre en un acuerdo mucho más profundo: la identidad popular del peronismo y el compromiso irrenunciable con los trabajadores. En eso, Héctor fue un ejemplo para todos.
Cuando él asumió como diputado y yo era ministro de Trabajo, compartimos una etapa fundamental; sobre todo cuando fue nombrado presidente de la Comisión de Legislación Laboral. Ahí, con muchísima inteligencia política, se propuso restituir artículos que habían sido arrancados de la Ley de Contrato de Trabajo durante la dictadura. No íbamos a presentar una ley que dijera “se restablece la LCT del ‘74”, porque eso no iba a pasar. Entonces me propuso una estrategia: ir enviando, de a dos o tres, proyectos de ley que restablecieran cada uno de esos artículos por separado. Y así fue. En total mandó más de treinta.
Trabajamos coordinadamente; él en Diputados lograba aprobaciones sin resistencia, ni siquiera los radicales se le oponían, pero el problema era el Senado. Ahí teníamos una piedra en el zapato: Pichetto, presidente del bloque y ex abogado laboralista, que no estaba de acuerdo con ninguna de las iniciativas. Así que todo se negociaba. Armamos con Héctor una mecánica que duró ocho años: me mandaba cuatro proyectos, sabiendo que iban a pasar dos y que tendríamos que negociar una tercera iniciativa, y así íbamos logrando avanzar. Miguel sabía que tenía que hablar conmigo en cada cena y me decía que Héctor le creaba unos problemas bárbaros, fabricados; claro, porque en realidad teníamos la mayoría. Pero ese era el juego.
Gracias a eso se recuperaron artículos fundamentales: el carácter remuneratorio de los vales alimentarios, la irrenunciabilidad de los derechos laborales, el principio protectorio del derecho del trabajo en su sentido más amplio, y la referencia al salario mínimo como base de cálculo. Sobre esto último tuvimos una de nuestras diferencias: yo no estaba del todo convencido, porque sabía que si lo cargábamos con referencias después sería difícil moverlo. Pero aún así, lo acompañé.
Héctor también apoyó las leyes que salían del Ministerio; y no sólo las apoyó, muchas veces las mejoró. Recuerdo especialmente una que hicimos juntos, con el equipo especializado del Ministerio en trabajo infantil. Fue una ley sin antecedentes, que convirtió en delito penal el uso del trabajo infantil. Y creo que aún hoy sigue siendo una norma única.
Estoy seguro de que cada persona que ustedes entrevisten les va a contar anécdotas distintas, simpáticas y entrañables. Porque Héctor era un tipo llano, sencillo y querido por todos. Un extraordinario bailarín, además. Yo me quedo con ese recuerdo.
Me dolió mucho su partida. Le escribí a Mariano ese día y le dije: “Te mando un enorme abrazo. Pudiste disfrutarlo y vivirlo hasta el final como tu padre y como un compañero militante. Eso es muy lindo. De mi parte, sólo decirte que tuvimos algunas pequeñas diferencias, pero siempre fue el más permanente, claro y reconocido defensor de los trabajadores. Para mí, y para millones de argentinos y argentinas. Me consta.”
